Historia / Ocupación humana


El espacio ocupado por el Parque de la Serralada de Marina es un buen ejemplo de la historia del poblamiento de Cataluña. Los primeros ocupantes de las cimas y colinas, reflejo de tiempos de intranquilidad, son los poblados de Puig Castellar, la cima de les Maleses y la de en Boscà, que muestran los rudimentos de una disposición urbanística de casas a lo largo de varias calles, en ocasiones unidas por comunicaciones transversales y con murallas defensivas. Por los restos encontrados se puede hablar de la existencia de agricultura, ganadería, industria textil, cerámica y monedas.

A principios del siglo II a.C., el territorio se incorporó al mundo romano, que consiguió la eliminación de estos lugares de vivienda encastillados y amurallados. En sus ruinas no se ha encontrado ningún resto de dominación romana. Pese a todo, son evidentes las señales de incendios y abandono, pruebas de una violenta destrucción.

La romanización aporta ciudades como la cercana Baetulo (Badalona), además de un importante poblamiento rural. Las casas de campo aisladas, propias de una época de paz, y los centros de dominio agrícola no disponen, pues, de ningún elemento defensivo. Buena parte de las masías existentes hoy en la banda de marina son herederas de aquellas ocupaciones romanas. Un caso muy significativo es el del actual Can Sant-romà (o Senromà), donde los restos romanos ocupan una superficie similar a las construcciones posteriores. Documentaciones muy antiguas de estas masías hacen pensar en un enlace sin solución de continuidad con las villas romanas: Can Butinyà, Can Mora, Can Pujol y Mas Boscà.

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Cartoixa de Montalegre

La decadencia romana iniciada en el segundo tercio del siglo III y las primeras invasiones germánicas golpearon dramáticamente el país. Baetulo fue destruida y no tuvo empuje para levantar murallas como hizo la cercana Barcelona. Nuevas invasiones tuvieron como consecuencia el asentamiento en tierras catalanas de los visigodos y más tarde los árabes (s. VIII). Esta última invasión, más violenta, trajo consigo un vaciado de la costa y una ocupación de los lugares de interior, como el valle de Pomar, donde se levantó el ahora conocido como Castell de Gotmar. El arte románico dejó su huella en las iglesias de Sant Pere de Reixac del siglo X y Sant Cebrià de Tiana del siglo XI (ahora iglesia de la Verge de l'Alegria), que sirvieron para aglutinar la población. También cabe destacar la creación de órdenes religiosas, como la de los jerónimos, con Sant Jeroni de la Murtra. Ellos, a su vez, hicieron construir las ermitas de Sant Climent, Sant Onofre y la Miranda, lugar de estancia de toda una serie de reyes y, como dice la tradición, el lugar en el que fue recibido Cristóbal Colón a su llegada del primer viaje a América. Los monjes fueron los propietarios de la Torre dels Frares, a donde se retiraban a descansar. El otro gran núcleo religioso es la Cartuja de Montalegre, modelo de construcción de una cartuja, de los monjes que ejercieron el poder feudal en Santa Perpètua, Cabrenys, Sant Fost y Martorelles.

Hacia finales de la Edad Media, Barcelona se convirtió en una prospera ciudad con un enriquecido comercio. Los comerciantes vieron en la zona de la Cordillera, por entonces cubierta de bosques y con gran cantidad de animales para la caza -jabalí, oso, ciervo-, un lugar adecuado en el que pasar ciertas temporadas. Compraron masías o bien crearon algunas nuevas. Eran fincas de grandes dimensiones con tierras de cultivo y bosques. Las edificaciones fruto de esta época son casas magníficas como la Torre Codina (s. XIV), Can Miravitges (s. XV), Torribera (s. XV) y Can Moià (s. XIV).

De entre las casas feudales o castillos cabe mencionar la Torre Pallaresa, cuyo título de castillo fue concedido por Carlos I y es una de las joyas de la zona, una casa rodeada de jardines y con una elegante disposición de la fachada y el interior. También cabe mencionar el Castillo de Gotmar, un edificio que refleja el paso del tiempo y un buen ejemplo de palacio / residencia.

Ya en el siglo XX el territorio fue descubierto por los barceloneses, que se desplazaron hasta allí para veranear. En la zona de la Cordillera que corresponde a Montcada i Reixac, aprovechando la nueva carretera y los primeros coches de las familias burguesas de Barcelona, se levantaron hermosas casas para pasar los veranos. Les llamaron la atención los frescos bosques, los bonitos parajes, las fuentes y las posibilidades de caza. Testimonio de aquel tiempo son Can Valentí, Can Miralpeix (Torre Oriol), Can Bonet y Can Toi.

Pequeñas masías repartidas a lo largo del territorio completan la imagen de un espacio habitado desde antiguo por hombres de todas las clases sociales. El terreno, tradicionalmente cultivado, estaba abandonado en muchos sitios y debería ser tratado con mucho cuidad para restablecer su antiguo encanto.